Hoy no traigo un ensayo. Traigo un relato: una visita guiada al Museo de los Horrores, en la frontera con Distopía, donde hablar está prohibido y sólo queda dialogar con uno mismo. Si te atreves a entrar, entra sabiendo esto: aquí lo que se pierde primero no es la esperanza; es la mirada.
»Soy Cuca Casado y estás leyendo Mis propias realidades, una newsletter en la que se construyen momentos que tienen su propio ritmo, sabor y devenir«

«Si hay que tomar decisiones sobre las vidas de quién se va a salvar primero, o qué otros bienes socialmente valorados deben protegerse, la justicia exige que haya deliberación pública, o como lo llaman los filósofos, el ‘requisito de publicidad’»
Sridhar Venkatapuram.
—En unos minutos podrán acceder al Museo de los Horrores.
La voz del guía rompe el silencio de la explanada. Somos apenas una docena de personas esperando frente al edificio. Hace frío. El museo es una mole de hormigón desnudo, sin ventanas, rodeado por un muro tan alto que desaparece entre la niebla.
He venido sola. Nadie quiso acompañarme. Me tacharon de loca por querer ver los horrores del otro mundo. Llegar hasta el museo no ha sido fácil, pues se encuentra en la frontera que limita con el acceso a ese otro mundo. Sólo sabemos que son pocos los que cruzan a Distopía y no vuelven más. Mientras que los que deciden no cruzar, en cierto sentido, vuelven ciegos, sordos y mudos. No entiendo qué puede hacer que alguien quiera volver a aquí sabiendo eso.
—Entrar aquí exige valor —continúa el guía—. No hay salida para los arrepentidos. El recorrido debe completarse hasta el final.
Nos miramos unos a otros. Nadie se marcha.
La puerta se abre con un crujido largo, como un lamento.
Entramos.
Dentro huele a humedad y a piedra vieja. Apenas hay luz. Frente a nosotros se alza una segunda puerta, enorme.
—Mi nombre es Sapiencia —dice el guía—. Yo les acompañaré.
Su tono es tranquilo, casi amable.
—Lo que verán pertenece a un mundo que muchos llaman Distopía.
Nadie habla.
—Si tenéis preguntas es el momento.
Nos miramos unos a otros para ver si alguien quiere preguntar algo. Yo tengo mil dudas, la verdad.
—Hola, yo tengo algunas preguntas —Contengo la respiración—. Me gustaría saber por qué los que vuelven a sus casas lo hacen ciegos, sordos y mudos y solo pueden expresarse de manera puntual.
—Querida, no puedo responderte a esa cuestión —me dice el guía—. Deberás esperar hasta el final para comprender por qué vuelven así. Como intuyo que también querrás saber por qué son tan pocos los que no vuelven. Al final, todos lo sabréis.
—¿Por qué no se puede salir del museo a medio recorrido?
—Querida, a eso tampoco puedo responderte.
—¿Alguna pregunta más? Bueno, antes de empezar, una advertencia: durante el recorrido no podrán hablar.
Algunos sonríen, pensando que es una broma.
No lo es.
Cuando intento decir algo, mi voz no sale.
Sapiencia asiente.
—Exacto. Solo podrán dialogar consigo mismos.
Las grandes puertas se abren.
Una luz blanca nos golpea los ojos.
—Tranquilos, tengan paciencia —dice—. Se están adaptando a ver sin las gafas que siempre han llevado.
Miro al resto y viven con cierta angustia, como yo, la experiencia. Hay una chica que se abraza con todas sus fuerzas a su pareja.
—Es normal que se sientan angustiados y temerosos, no comprenden qué les está ocurriendo —nos dice el guía con extraña calma—. De verdad, no tienen de qué asustarse. Al terminar el recorrido recuperaran sus voces y, entonces, podrán decir todo cuanto deseen. Todo es parte del espectáculo.
PRIMERA SALA — LA LENGUA
Cuando la vista se acostumbra vemos la primera escena.
Detrás de un cristal hay una gran sala llena de gente sentada frente a pantallas.
Algunos escriben frenéticamente.
Otros discuten.
En una mesa central, varias personas revisan palabras escritas en una pizarra: juez / jueza, todos / todxs / todes.
Uno de ellos borra palabras con gesto severo.
Otro corrige textos ajenos con un rotulador rojo.
Un hombre levanta la mano, intenta decir algo. Los demás se vuelven hacia él con desprecio. Nadie escucha. Alguien escribe su nombre en una lista.
El hombre se queda callado.
—Están diseñando el lenguaje correcto —dice Sapiencia.
Observamos en silencio.
Un chico joven se acerca a la mesa con un texto en la mano. Uno de los revisores lo lee y sacude la cabeza.
El chico intenta explicar algo.
Nadie le deja terminar.
En la pantalla aparece su rostro. Alguien escribe: “peligroso”.
La palabra se multiplica.
La escena me resulta extrañamente familiar.
SEGUNDA SALA — LA JUSTICIA
Las puertas de la siguiente sala se abren con lentitud.
El espacio es enorme, como un anfiteatro.
En el centro hay dos plataformas iluminadas.
En una está una mujer embarazada.
En la otra, un hombre anciano conectado a una máquina que respira por él.
Entre ambas plataformas hay una mesa de juez.
Pero el juez no está sentado.
Está de pie.
Y mira nervioso hacia el graderío.
El graderío está lleno.
Cientos de personas.
Algunos levantan pancartas religiosas. Otros banderas políticas. Otros simplemente gritan.
—¡Asesina!
—¡Déjala decidir!
—¡La vida es sagrada!
—¡Su cuerpo, su decisión!
El ruido es ensordecedor.
El juez golpea la mesa con un mazo.
Nadie se calla.
La mujer intenta hablar.
No la dejan.
El anciano intenta quitarse la máscara de oxígeno.
Una enfermera se lo impide.
El juez vuelve a golpear la mesa.
—Silencio —dice.
Pero no mira a la mujer.
Ni al anciano.
Mira al graderío.
La multitud se levanta.
Gritan más fuerte.
Algunos retransmiten la escena con sus móviles.
Otros votan levantando carteles.
El juez baja lentamente el mazo.
Sapiencia habla a nuestro lado.
—Aquí las decisiones se toman por aclamación.
La mujer llora.
El anciano cierra los ojos.
El juez levanta el mazo.
Pero antes de que golpee, el ruido del graderío ya ha decidido.
El mazo cae.
TERCERA SALA — EL SILENCIO
Esta sala es más oscura.
En la azotea de un edificio un hombre mira al vacío.
Abajo, en la calle, la gente pasa caminando.
Nadie levanta la vista.
En otro rincón de la escena una mujer está en una bañera llena de agua roja.
Un teléfono suena sobre el lavabo.
Nadie responde.
En una pantalla gigante aparecen titulares de noticias.
Deportes. Política. Escándalos.
Nada sobre lo que ocurre en la habitación.
Sapiencia habla casi en susurro.
—Diez personas cada día.
Siento un escalofrío.
CUARTA SALA — LA VIOLENCIA INVISIBLE
Esta escena parece una casa.
En el salón un hombre grita a su mujer.
En la habitación contigua un niño llora.
En la cocina una mujer lanza agua hirviendo sobre un hombre que intenta cubrirse.
En el jardín un adolescente empuja a su madre.
En el balcón un anciano recibe insultos.
Varias pantallas de televisión retransmiten la misma noticia.
Solo una de las escenas aparece en ellas.
El resto no existe.
Sapiencia suspira.
—Algunas violencias se ven. Otras no.
QUINTA SALA — LOS JUICIOS SOCIALES
Un gran documental se proyecta en la pared.
Tres adolescentes aparecen esposados.
El público observa cómo son condenados.
Pero mientras miran la pantalla, todos tienen el móvil en la mano.
En redes sociales juzgan a otras personas.
Las condenan.
Sin pruebas.
Sin juicio.
Sapiencia murmura:
—La verdad siempre llega tarde.
SEXTA SALA — EL CUERPO Y LA BELLEZA
Una pasarela atraviesa la sala.
Personas de todo tipo desfilan ante un jurado.
Algunas son aplaudidas.
Otras son ridiculizadas.
Una mujer es expulsada por ser demasiado provocativa.
Otra por ser demasiado perfecta.
Al fondo, varias personas cuentan calorías mientras otras vomitan en silencio.
—El canon cambia —dice Sapiencia—. La presión permanece.
SÉPTIMA SALA — LA NUEVA INQUISICIÓN
Tres pantallas gigantes iluminan la sala.
En una, un grupo destruye películas pornográficas.
En otra, censuran videojuegos violentos.
En la tercera, un comité decide qué prácticas sexuales son aceptables.
La multitud aplaude cada prohibición.
Sapiencia sonríe con ironía.
—Toda sociedad necesita su inquisición.
OCTAVA SALA — EL NIÑO
Un niño pequeño está en el centro de la sala.
Llora.
A un lado, varios adultos gritan:
—¡Los niños tienen pene!
Al otro lado, otros gritan:
—¡El género es un espectro!
Nadie abraza al niño.
NOVENA SALA — EL AMOR VIGILADO
Varias parejas se abrazan.
Sobre ellas, un tribunal observa.
Una pareja es detenida.
—Amor romántico —declara alguien—. Delito cultural.
Las demás parejas se separan lentamente.
DÉCIMA SALA — LAS VÍCTIMAS
Un escenario de teatro ocupa la sala.
Una mujer con una pierna amputada sonríe al público.
Un hombre le grita desde la platea:
—¡Compórtate como una víctima!
Ella no responde.
Sapiencia susurra:
—Algunos prefieren la lástima a la libertad.
EL FINAL DEL MUSEO
—Tomen asiento —dice el guía.
Una enorme cortina cubre la última sala.
Nos sentamos.
—Debajo de sus asientos encontrarán algo.
Metemos la mano.
Son unas gafas.
—Pónganselas.
La cortina cae.
Al otro lado hay una enorme maqueta del mundo.
Ciudades, calles, casas.
Reconozco mi barrio.
Reconozco mi calle.
Reconozco mi casa.
Las escenas que hemos visto en el museo aparecen repartidas por todas partes.
En una escuela enseñan a corregir palabras.
En una plaza una multitud grita frente a un tribunal.
En un apartamento un hombre mira una ventana abierta.
En una casa varias violencias ocurren mientras la televisión habla de otra cosa.
Me quito las gafas.
La escena cambia.
Vuelvo a ponérmelas.
Todo vuelve.
Sapiencia nos observa.
—No han visto Distopía.
Hace una pausa.
—Han visto su mundo.
Algunos lloran.
Otros miran al suelo.
—Han vivido bajo una torre de vigilancia invisible —continúa—. Un poder que les enseñó qué pensar, qué decir y qué ignorar.
Nadie puede hablar.
Pero todos pensamos lo mismo.
—Ahora deben decidir.
Señala dos puertas.
—Si regresan a su mundo volverán parcialmente ciegos, sordos y mudos.
—Si cruzan la otra puerta recuperarán algo que habían olvidado.
Se detiene.
—La libertad de pensar.
No recuerdo si dudé.
Pero sí recuerdo el momento en que crucé la puerta.
…
Muchos años después sigo recordando aquel museo.
Así fue como empezó todo.
Así fue como llegamos al mundo en el que vosotros habéis nacido.
Aun recuerdo el silencio de las salas, las escenas detrás del cristal y la incomodidad que producía mirarlas demasiado tiempo. Recuerdo también la sensación de vértigo al comprender que aquello no era una distopía lejana, sino un espejo.
—¿Y la gente no veía nada de eso? —pregunta la mayor.
Claro que lo veían.
Pero mirar no siempre significa querer ver.
—¿De verdad existía ese museo, abuela? —insiste el más pequeño.
Sonrío.
A veces me lo sigo preguntando. A veces pienso que fue un museo. Otras pienso que fue simplemente el momento en que empezamos a ver.
Y quizá por eso os cuento esta historia ahora.
Porque hubo un tiempo en el que vivimos rodeados de aquellas escenas sin verlas.
Un tiempo en el que preferimos discutir sobre las gafas con las que mirábamos el mundo antes que atrevernos a quitárnoslas.
Un tiempo en el que la verdadera ceguera no estaba en los ojos.
Sino en la voluntad de mirar hacia otro lado.
Las salas del museo
Las escenas de ese museo no eran imaginarias.
Todas nacieron de textos que escribí intentando comprender el mundo en que vivimos.
Si quieres recorrer el museo completo, aquí están las puertas de entrada:
La lengua
→ Ciertos grupos interesados pervierten la lengua de todos
La justicia
→ El aborto, ¿un conflicto moral o de derechos?
→ El aborto, fracaso de una sociedad
El silencio
→ El suicidio: un problema silenciado
La violencia invisible
→ La verdadera lacra en la «violencia de género»
→ La perspectiva de «género» distorsiona la violencia
→ La protección de la infancia: una responsabilidad olvidada
→ El oculto maltrato a los ancianos
→ Un monstruo con cara de niño
Los juicios sociales
→ Paradise Lost: en quiebra la presunción de inocencia
El cuerpo y la belleza
→ La belleza como capital y los nuevos puritanos
→ Mucho más que querer ser guapos
La nueva inquisición
→ El porno en tiempos obscenos
El niño
→ Transgénero: una cuestión de identidad
→ Más allá de la etiqueta trans
El amor vigilado
Las víctimas
Y hasta aquí por ahora…
Si te ha gustado házmelo saber.
Deambula libremente, escucha cuidadosamente y consume omnívoramente.

