Un año rico en atención a lo esencial
Una carta para cerrar el año sobre comprender -antes de derribar- y cuidar lo que sostiene

Mi apreciado lector:
No sé si esta carta te sorprende o, por el contrario, ya la esperabas. Quizá ambas cosas a la vez. No es un Despertar —aunque lo sea—, sino que es, de nuevo, una carta. Y las cartas, como bien sabes, no obedecen ni a la prisa ni al algoritmo: obedecen al vínculo.
Escribo porque cerrar un año y abrir otro no es solo una convención temporal. Es, sobre todo, un gesto humano. Un gesto antiguo: detenerse para mirar atrás sin nostalgia paralizante, mirar adelante sin euforia ingenua, y permanecer un instante en el entre —intersubjetividad, interdependencia, relacionalidad ontológica (no hay yo sin tú) y responsabilidad ética—. Ese espacio frágil donde uno se pregunta: ¿qué ha merecido la pena?, ¿qué he aprendido?, ¿qué no quiero volver a hacer sin haberlo comprendido antes?
Si el 2024 fue, para mí, un año rico en afectos, el 2025 se ha presentado como un año de aprendizajes más sobrios, menos estruendosos, más silenciosos y, sin duda, más conscientes de los límites. Y no lo digo con tristeza, sino con gratitud, porque he aprendido —a veces a la fuerza— que no todo límite es opresión, ni toda valla es enemiga de la libertad. Chesterton hablaba de una valla aparentemente absurda en medio de un camino. Una valla que el hombre moderno quiere retirar porque no entiende su función. Y Chesterton nos advertía: antes de quitarla, asegúrate de comprender por qué alguien la puso ahí. Solo después, quizá, tendrás derecho a moverla. Este 2026 que se aproxima quiero vivir así: sin quitar vallas a ciegas.
Durante años se nos ha educado en la sospecha sistemática hacia todo lo heredado. Hacia los vínculos duraderos, hacia los compromisos, hacia las instituciones imperfectas, hacia las tradiciones y rituales que incomodan, hacia los silencios que no se explican en un hilo de redes sociales. Se nos ha enseñado que madurar consiste en desmontar; que pensar es dinamitar; que liberarse es eliminar. Vivimos una época fascinada por la demolición. Tradiciones, normas, límites, vínculos, instituciones, diferencias… Todo es sospechoso de ser opresivo por el mero hecho de existir. Pero muchas de esas “vallas” —familia, escuela, comunidad, autoridad, cuidado, incluso ciertos silencios— no nacieron para oprimir, sino para contener, proteger, ordenar lo frágil. La experiencia —esa maestra lenta y poco glamurosa— me ha enseñado otra cosa: muchas de las vallas que hoy nos estorban fueron levantadas para proteger algo vulnerable. A veces a personas, otras a comunidades. A veces a los niños, incluso al propio tejido de lo común.
Este año he confirmado que no todo lo que duele es injusto, ni todo lo que incomoda es violencia. He confirmado que hay límites que cuidan, normas que sostienen, vínculos que exigen y, precisamente por eso, humanizan. Sigo creyendo, quizá más que nunca, que el cuidado es el verbo central de la vida. Pero hoy lo comprendo con mayor profundidad: cuidar también es poner límites, es sostener estructuras, es decir “no” cuando el “sí” fácil terminaría dañando. Cuidar no es complacer, no es diluirse, no es eliminar toda fricción. Cuidar es permanecer cuando no es cómodo. Es, en definitiva, hacerse responsable del entre. Es aceptar que la vida compartida necesita marcos, ritmos, tiempos y contenciones.
Este año he vivido cambios importantes: un nosotros que se construye despacio. Una forma distinta de habitar el tiempo: menos dispersa y más encarnada. Más consciente de que no se puede estar en todas partes sin dejar de estar realmente en algún sitio. He aprendido que la proximidad no se improvisa. Que requiere renuncias y exige decir “esto sí” y, por tanto, “aquello no”. Que no se puede cuidar a todos del mismo modo ni al mismo tiempo sin acabar no cuidando a nadie —ni siquiera a uno mismo—. Y aquí vuelvo al entre: ese espacio que tanto me ha acompañado en los últimos años. El entre no es neutro, no es vacío; es una responsabilidad compartida. Cuando se degrada, aparece la violencia, cuando se ignora, aparece la soledad y cuando se instrumentaliza, aparece el abuso.
Por eso me preocupa profundamente la ligereza con la que estamos desmontando vallas sin preguntarnos qué protegían. La ligereza con la que se desprecia el papel de la familia, de los amigos, de la palabra adulta, de la sabiduría en la vejez, del tiempo lento, del silencio, del compromiso estable. No porque sean perfectos —no lo son—, sino porque su eliminación deja a los más vulnerables a la intemperie. A todos, porque nacemos con una herida que nos recuerda la vulnerabilidad que somos y habitamos. Como dice Miquel Seguró, somos vulnerables sencillamente porque “encarnamos la predisposición de que nos sucedan cosas”. No escribo esto desde el miedo, sino desde el cuidado. Desde una ética que no se formula en abstracto, sino en rostros concretos. Desde la convicción de que la verdadera revolución sensata sigue siendo el afecto, pero un afecto encarnado, responsable, con memoria y con límites.
Este 2026 no quiero prometer grandes propósitos, ya que he dejado de creer en las listas grandilocuentes. Prefiero los compromisos pequeños, sostenidos, discretos. Prefiero preguntarme cada día si estoy cuidando bien lo que me ha sido confiado; si estoy escuchando antes de juzgar; si estoy comprendiendo antes de desmontar.
A ti, lector, quiero agradecerte de nuevo la permanencia. Vivimos tiempos de consumo rápido, incluso del pensamiento y, sin embargo, tú estás aquí. Leyendo, acompañando, pensando conmigo. Algunos me habéis escrito este año compartiendo vuestros propios Despertares y otros me habéis confiado dolores, dudas, decisiones difíciles. Eso no es menor. Eso es vínculo. Eso es entre. No doy nada de eso por supuesto.
Si algo deseo para este nuevo año no es felicidad constante —eso no existe—, sino sentido compartido, capacidad de discernir, paciencia para comprender antes de actuar, coraje para sostener lo valioso aunque no esté de moda y humildad para reconocer cuándo una valla debe moverse y cuándo debe permanecer.
Permíteme cerrar, una vez más, compartiendo algunos de mis credos actuales. No como dogmas, sino como orientaciones vivas:
El cuidado es siempre relacional: nace del encuentro, no de la imposición.
No hay ética sin rostro, ni responsabilidad sin contexto.
La libertad que no reconoce límites termina siendo privilegio de los fuertes.
El afecto verdadero no anula la exigencia: la humaniza.
Comprender precede a transformar.
Y la vida buena no se construye a solas.
Gracias por seguir aquí.
Gracias por no leer deprisa.
Gracias por no pedir consignas, sino sentido.
Que el 2026 nos encuentre menos arrogantes, más atentos, más capaces de no quitar vallas sin antes haber aprendido a mirar.
Un abrazo,
Cuca Casado.
Deambula libremente, escucha cuidadosamente y consume omnívoramente.



Ojalá mucho más tiempo en el que seguir pensando contigo 🩶 gracias por todo lo que has dado este año, por toda esa luz. 🫂
Cuanto me conectan tus palabras a mis modos de ver. No sé si será la edad qué no es poca, o que me voy acostumbrando a los vaivenes como algo natural...pero sí, la calma se va haciendo presente en el modo de recibir lo que venga, y tú compañía siempre ayuda a mantenerla. Muchas salud para este año y presencia y atención para no perdernos el disfrute. Gracias mi querida Cuca 🥰💚