El amor no tiene cura con Claudia Cuevas - III
"Una carta no se ruboriza" — Ciceron.
La naturaleza perdurable de una carta se prestaba a un diálogo reflexivo y, de hecho, algunas de las conversaciones más valiosas de la historia fueron mediadas por el intercambio de cartas.
08 de enero de 2025
Mi estimada Claudia:
Quizá no tener que estar constantemente preocupados o en alerta por sobrevivir nos ha llevado a consumir el tiempo y la energía en cuestiones no tan vitales, esenciales, y, por tanto, a cuestionar al amor y su “utilidad”. En la actualidad tenemos un deseo de permanecer entretenidos continuamente y de vivir emociones fuertes e intensas. Todo son experiencias a nuestra alrededor. Somos nosotros frente al teléfono y todo lo que eso conlleva: los selfies, las actualizaciones de los estados, la foto de turno en el último local de moda, la opinión “impopular” sobre la última noticia, etc. Una era narcisista en la que la otra persona no importa tanto como la satisfacción propia. Incluso diría que no pocos no ven al Otro. Sumado a ello, todo se ha vuelto un menú a la carta bajo la concepción de que si no se encuentra lo que se quiere hay cientos, miles, de experiencias y personas ahí fuera, algo que ha debilitado la concepción del amor y, por ende, de las relaciones.
En el fondo, más bien en lo fisiológico, somos bastante débiles. Nuestro cerebro con poco y constante se acostumbra rápido. Si le damos de forma mantenida pequeños e intensos estímulos, se habitúa a ello y la desintoxicación no es tarea fácil. Incluso nos pide más y más. Que nuestro cerebro recuerde otras vías de satisfacción, logro y disfrute no es fácil. Implica esforzarse. Disciplina con uno mismo. Actos tan sencillos como eliminar un perfil o dejar el teléfono en silencio —no digo ya dejarlo en casa al salir— se vuelven tan complejos y dolorosos (fisiológicamente hablando) que no me sorprende la debilidad extendida que hay. Es más placentero y menos doloroso dejarse llevar por la corriente de algoritmos, ritmos digitales y modas relacionales, que andar tu propio camino y esforzarse por ser auténtico. Ser responsable duele —implica asumir errores, rechazos y negativas— y hoy el dolor está desechado, silenciado. Por eso cuando en una red social o aplicación de ligue desaparece sin más la persona con la que se interactuaba —eso que se llama ghosting— duele tanto, pues se toma conciencia de que al otro lado hay una persona que te desecha… pero rápidamente se pasa a mirar una lista de reserva, de nuevos candidatos, para anestesiar la realidad dolorosa en la que se está.
Hay algo en los rituales, en los valores, que a una parte nada desdeñable de la sociedad les huele a carcoma, a viejo. Y se ha optado por desechar pero sin una alternativa robusta que permita seguir prosperando como especie. Sin ir muy lejos, el matrimonio se ha ido desvalorizando desde hace décadas. Pasó de ser una imposición, en muchos casos, a una liberación y un modo de emancipación, por ser una expresión suprema de fe en el vínculo amoroso y desarrollo de la familia, a considerarlo un yugo hoy en día. El compromiso que se establece con el matrimonio se ha ido denostando y eso ha debilitado al amor. Y no, no todo el mundo ha de casarse, no ha de ser una imposición, claro está, pero el valor que encarna esa unión es el compromiso: ingrediente esencial para amar. Pero cuidado, un compromiso vacío, sin una intimidad y una pasión mediante, es tan solo amor vacío: un “amor” con el que no se siente nada uno por el otro, pero hay una sensación de respeto y reciprocidad. Es lo que eran y son los matrimonios arreglados.
No obstante, aunque estamos hablando del debilitamiento del amor consumado entre dos personas, el amor no solo se gesta (y debilita) en ese tipo de relaciones. Es consustancial a cualquier relación horizontal, entre dos iguales. La familia, los amigos, el prójimo. Como apuntaba Josep Maria Esquirol, «amar es el principal infinitivo de la vida. Y no hay nada más radical que este verbo. Nada más radical... salvo los nombres que necesariamente han de acompañarlo». Para conjugar verbo tan humano es necesario permanecer en la proximidad, cuidando más que dominando/imponiendo. Esa proximidad en la que se gesta el amor, necesita de la compañía del otro. Se necesita un acto estrecho entre el otro y yo. “Entre” es la preposición clave, pues con ella se desarrolla el ser (la persona) y el estar (con otros). Y en su ausencia, cuando no hay un “entre”, cuando se anula el vínculo, se desemboca en violencia: con mirar un poco las muestras variadas de violencia que se dan en el día a día se constata que no hay un “entre”.
A tu pregunta de si hemos elegido vivir así (sin amor, sin enamoramientos, sin compromisos, sin ritos de cortejo, etc.) te diría que es una “elección” mediada por fuerzas externas. El hecho de que social y políticamente se haya condenado al amor romántico y se hayan normalizado relaciones anárquicas sin compromiso alguno o, como dice un conocido, se acepte como norma la monogamia seriada, junto con el debilitamiento de la familia y la pérdida de valores tradicionales nos vemos empujados (un poco) a entrar en ese disfraz que se vende socialmente. El rechazo social, el señalamiento en las redes sociales es tan crudo y doloroso como pudo ser el gulag. El ostracismo ha sido siempre un modo de castigar a quien se sale de lo políticamente aceptado y hoy en día ocurre. Adquiere nuevas formas, sibilinas muchas, y nadie quiere ser rechazado. Somos una especie que necesita del reconocimiento del otro, necesitamos ser aceptados en la tribu. La cuestión que lanzaría al aire es la siguiente: ¿a qué tribu se quiere realmente permanecer? Yo lo tengo claro, quiero ser parte de las personas que apuestan por las relaciones de calidad y cálidas, de las que conjugan el verbo amor con los demás, que regala tiempo para otros, para sencillamente notar que estamos. Para contar los latidos y sabernos vivos.
Chesterton defendió la necesidad de entender el propósito de una tradición o costumbre antes de adaptarla o abolirla. Es lo que se conoce como el principio de la valla: nunca hay que alterar, destruir o modificar una tradición, regla o estructura sin entender el propósito original con el que apareció. Se trata de una premisa que reivindica la necesidad de tener presente la humildad cuando se cuestiona o plantea la reforma de políticas, costumbres familiares, legislaciones o hábitos de la vida diaria del ser humano. Por eso, a quienes han decidido tirar la valla del amor les preguntaría ¿qué configuraciones reemplazan a la familia tradicional, al matrimonio y al amor “para siempre” (símbolo de compromiso)?
El progreso, la evolución de nosotros como sociedades, como especie en definitiva, es el motor que nos ha posibilitado llegar hasta 2025. Ahora bien, el progreso no es una línea recta ascendente, no es un camino de rosas. Tiene más bien imagen de dientes de serrucho: avances, retrocesos, ascensos y descensos. Quiero pensar que nuestra capacidad reflexiva sigue operando y que, al igual que tú y yo nos inquieta la deriva presente en la que predomina la carencia de amor, otras personas están preguntándose por este ¿retroceso? en lo referido al amor y las relaciones entre iguales.
Cabe preguntarse si podemos vivir en la inestabilidad de no tener modelo de amor. Personalmente, considero que no hay que preguntarse si es normal o convencional, sino qué es y qué implica para uno mismo la vivencia del amor. En una sociedad que realmente aceptase la individualidad y elección personal, cualquier experiencia del amor podría ser válida, siempre que encajaran los deseos y necesidades de todas las partes implicadas. Pues el amor en definitiva es igualitario y subversivo, ya que conserva su capacidad de liberar a las personas y erigirlas arquitectas de sus propias vidas, como agentes activos del cambio social.
Cuidémonos, unos a otros, pues en el cuidado lo esencial es el reconocimiento del otro, donde la respuesta ética está siempre mediatizada por las personas concretas y sus necesidades, en contextos o situaciones concretas. Cuidar es desear el bien para el otro. Es una forma de conjugar el verbo amar. Es un modo de comprensión.
No sé si hay que recuperar las formas del pasado o buscar nuevas formas, sí sé que si no recuperamos virtudes marchitas como el amor benevolente (simpatía incondicional hacia nosotros mismos y hacia todos los seres), la alegría compartida (acto de regocijarse en el bienestar de los demás e incluso en el tuyo propio desde la gratitud), la compasión (consciencia de que un ser está sufriendo) y la ecuanimidad (comprometerse en tratar a todos los seres por igual), poco vamos a edificar que resista a las embestidas de las guerras y las nuevas formas de batallar.
Entre tú y yo, en el fondo, quienes lo condenan creen en el amor con sus pinceladas de romanticismo, debajo de ese escozor nihilista con el que conviven.
Sigamos juntas en esta andadura.
Un abrazo.
Y hasta aquí por ahora…
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