El amor no tiene cura con Claudia Cuevas - IV
"Una carta no se ruboriza" — Ciceron.
La naturaleza perdurable de una carta se prestaba a un diálogo reflexivo y, de hecho, algunas de las conversaciones más valiosas de la historia fueron mediadas por el intercambio de cartas.
16 de febrero de 2025
Querida Cuca,
Te leo y siento que estamos dando vueltas sobre un animal que no sabemos si está dormido o muerto. Hablamos del amor, de su fragilidad, de su aparente desaparición en esta época donde todo es rápido y descartable. Y no sé si estamos tratando de resucitarlo o de entender si alguna vez existió como nosotras lo concebimos.
Dices que el amor está en crisis porque ya no es un asunto de supervivencia. Que ahora, con el tiempo y la energía disponibles, nos hemos entregado a la búsqueda de experiencias intensas y a la distracción permanente. Y basta con mirar alrededor para saber que esto es cierto. Me pregunto si, en una sociedad donde la reproducción ya no es una urgencia, donde la soledad no equivale a la muerte y donde la compañía es una elección sin condicionantes de subsistencia, el amor en su forma más tradicional sigue teniendo sentido.
El otro día vi por la calle a una pareja de ancianos que caminaba de la mano. Me pareció tierno, pero me vi pensando: ¿serán los últimos? No ellos, en su individualidad, sino su especie. Ese tipo de amor. El que no se extinguió con la juventud ni con la menopausia ni con el colesterol alto ni con la calvicie ni con el hartazgo de escuchar los mismos achaques durante décadas. El amor que llegó intacto, o al menos vivo, hasta la vejez.
Porque si nos fiamos de los números, estamos ante un proceso de extinción paulatina. El índice de divorcios aumenta, las parejas que todavía están juntas no pueden garantizar que lo estarán en treinta o cuarenta años. Los hijos de padres separados no tienen modelos que les aseguren que es posible amar hasta el último aliento. En la incertidumbre se gesta la duda, la duda se convierte en escepticismo y el escepticismo en renuncia preventiva.
Como bien dices, el cerebro se adapta rápido a los estímulos, y cuando todo lo que nos rodea nos empuja a consumir emociones, esta cosa —que exige quedarse, insistir, repetir— se vuelve extraña.
Siendo sincera, asumo que quedarse no es fácil. Irse sí lo es. Un adiós rápido, una excusa barata, y ya estás en otra historia, en otro cuerpo, en otra cosa. Quedarse es más complejo. Implica pelear con los fantasmas de todo lo que podría ser, con la expectativa de que, en otro lado, con otra persona, la vida sería más sencilla. Quizá es mucho más difícil porque significa aceptar que nada es perfecto, que lo que tienes nunca será exactamente lo que soñaste. Y todo esto se agrava con esa frase mentirosa que se repite hoy en día hasta el hartazgo: «hay muchos peces en el mar».
Tengo la sensación de que toda esta intención de despojar al amor de su peso y misterio se hace con el fin de hacerlo más manejable. Conocer gente es fácil. Conectar con alguien, no tanto —de hecho, creo que es algo rarísimo—. Creo que olvidamos que el amor tiene sentido de unicidad: no es la búsqueda de lo mejor, sino el reconocimiento de lo único. Lo que realmente importa no es la posibilidad infinita de elegir, sino la certeza de haber encontrado algo que no puede sustituirse.
Al hablar de esto, recuerdo a Cortázar en Rayuela: «Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al revés. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige».
Pero también recuerdo a Rilke cuando dice que el amor de un ser humano por otro es quizás la más difícil de nuestras tareas: «El examen final, la obra para la cual todas las demás son solo preparación».
Supongo que, entonces, el propio amor implica un poco de ambas cosas: la conmoción inicial y el trabajo que viene después, la pasión del principio y la disciplina de continuar, el arrebato y la elección. Y supongo, también, que ahí radica su verdadera dificultad: en que no basta con sentirlo ni con decidirlo, sino que requiere habitar esa tensión entre lo que no podemos controlar y lo que sí podemos sostener.
No es de extrañar que Eros agonice. Hoy en día lo tiene difícil porque se nos dan mal las dos cosas: tanto dejarnos atravesar por algo que no podemos controlar, como poner paciencia, espera, trabajo y esfuerzo en algo que no proporciona métricas visibles.
Hace tiempo que nos dicen que el amor es solo química, que el enamoramiento tiene fecha de caducidad biológica, que todo lo demás es costumbre, condicionamiento social y un poquito de miedo a la soledad. Pero si fuera solo eso, su ausencia no dolería tanto, su pérdida no nos arrastraría al duelo, no nos haría sentir que, al romperse, algo en el mundo se ha desmoronado. Quizá el amor no sea útil en el sentido práctico, pero es una de las pocas cosas que da sentido a nuestra existencia.
Coincido contigo cuando apuntas que el contexto ha permeado nuestra elección de vivir así. Se nos ha convencido de que todo vínculo debe ser revisado, cuestionado, desmontado. Se supone que así ganamos en libertad y autonomía. Sin embargo, a mí me parece que hemos cambiado la estructura por la incertidumbre. En nuestro intento por deshacernos de sus ataduras, también la hemos dejado sin cimientos. Sí, creo que derribamos la valla sin pensar en qué pondremos en su lugar. Y creo que hay que tener cuidado con esto.
Simone Weil ya advertía que el desarraigo es una enfermedad. No tener raíces es una forma de amputación, una herida que desangra silenciosa. Y lo más terrible—añadía— es que el desarraigo se contagia. Los desarraigados desarraigan. El olvido de las raíces es una carga que se hereda. Necesitamos pertenecer. Sentir que ocupamos un lugar en el mundo. Sin eso, nos desmoronamos, nos convertimos en cosas. Y las cosas no aman, no cuidan, no crean.
Difícilmente, pienso, se construye la felicidad en solitario. Somos, en esencia, seres necesitados del otro. Una buena vida es una vida con amor. Y aunque cada amor sea distinto, el amor sigue siendo un intento de coincidencia, un pacto implícito entre dos personas que necesitan reconocerse. Sin las virtudes que mencionas —amor benevolente, alegría compartida, compasión y ecuanimidad—, lo que queda no es una forma de amor más libre, sino la incapacidad de amar realmente.
Resulta paradójico que estemos viendo morir esta forma de amar y que, al mismo tiempo, cuando veamos fotos de parejas de ancianos cogidos de la mano tengan millones de likes. Quizá sea que, en el fondo, todos queremos un «para siempre», pero no sabemos cómo se hace.
No creo que haya una fórmula, por mucho que se divulgue sobre ello. De hecho, la teoría creo que casi todos la tenemos clara. La práctica es otra cosa. Pero sí que pienso que quizá, tal y como mencionas, debamos poner el foco en recordar que el amor, en su raíz más honda, tiene que ver con el cuidado. Amar no es solo sentir, sino actuar en consecuencia: sostener, estar, atender. El amor, en última instancia, es la voluntad de que el otro exista y esté bien. El sacrificio por el otro no siempre es indigno y no toda renuncia es una pérdida. Cuidar implica salir de uno mismo, posponer el yo para mirar al otro. Y en esta tarea, añadiría, tan importante como aprender a darnos es tener la capacidad de abrirse a recibir. Algo, que a su vez, es una entrega en sí misma: implica permitir que el otro nos alcance, que nos afecte, que nos transforme. ¿Será que no solo nos resistimos a amar, sino también nos resistimos a ser amados?
Quizá, más que preguntarnos si el amor puede sobrevivir en este tiempo, deberíamos preguntarnos si nosotros podemos sobrevivir sin él. Sea como sea, no se trata solo de lo que hemos perdido. Se trata de lo que aún podemos salvar. Sigamos intentando hacer algo para paliar las carencias que el individualismo está dejando en este mundo roto.
Aún nos queda la pregunta, aún nos queda la insistencia.
Con cariño,
Claudia
Y hasta aquí por ahora…
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