El amor no tiene cura con Claudia Cuevas - VI
"Una carta no se ruboriza" — Ciceron.
La naturaleza perdurable de una carta se prestaba a un diálogo reflexivo y, de hecho, algunas de las conversaciones más valiosas de la historia fueron mediadas por el intercambio de cartas.
22 de diciembre de 2025
Querida Cuca,
Han pasado ya nueve meses desde que recibí tu última carta. Nueve meses en los que no he dejado de volver a ella. El tiempo no la ha cerrado; al contrario, la ha ido abriendo.
He seguido haciéndome preguntas, pero supongo que una no siempre tiene fuerzas para enfrentarse a lo que el amor supone, quizá porque hacerlo no es nunca inocente y porque decir algo verdadero sobre él implica aceptar lo que pide a cambio.
Hoy vuelvo a escribirte porque he visto cómo el mundo, estos meses, ha seguido dándote la razón. Y porque yo misma noto cómo ese modo de estar —más rápido, más precavido, más liviano— se me va pegando sin pedir permiso, y a veces me descubro pensando el amor con las categorías del presente, incluso cuando sé que no le bastan.
Así que vuelvo a ti con la esperanza de que este intercambio me ayude a recordar lo que se desdibuja cuando todo empuja a pasar de largo.
Dices que quizá somos románticas.
Lo somos, claro. Pero no en ese sentido cursi que hoy se despacha con suficiencia, sino en el más primitivo: vemos el mundo y creemos —de verdad creemos— que el amor es una fuerza civilizatoria.
Que sostiene. Que ordena. Que funda.
Supongo que lo hacemos así porque lo hemos visto y vivido. Porque conocemos lo que este exige y lo que puede llegar a ser cuando se lo cuida. Y aunque hoy en día se tengan cada vez menos certezas, me atrevería a decir que el amor puede —o incluso tiene que— seguir siendo una de ellas.
Me hablas de la presencia de la ausencia. Y siento que ahí hay algo importante: que el vacío duela es la prueba de que hubo algo que valía la pena. Si no, no habría duelo. No habría memoria. No habría latido. La ausencia no es solo lo que queda cuando el amor muere; es la confirmación de que alguna vez respiró hondo. Me conmueve que lo digas así, con esa serenidad que solo tienen quienes han visto perder y aun así siguen apostando.
Y es cierto, como dices, que desde hace siglos se intenta entender el amor, nombrarlo, bajarlo a la vida cotidiana sin traicionarlo del todo. He pensado en esto, y no creo que el problema sea querer explicarlo —eso va en nuestra naturaleza, ese impulso de ordenar lo que nos desborda—, sino confundir esas explicaciones con el amor mismo.
Creo que ahí perdemos algo.
Nos estamos volviendo un poco neuróticos con tanto sobreanálisis.
Liv Strömquist lo explica muy claro en No siento nada: cuanto más intentamos entender lo que sentimos antes de sentirlo, más nos alejamos de la experiencia misma.
Es como si nos pusiéramos un filtro mental que interrumpe la experiencia en nombre de la comprensión. Y esto lo veo todo el tiempo —en mí, en otros—: en lugar de vivir lo que pasa, lo diseccionamos. Nos sentamos frente al deseo, la tristeza, el miedo o el amor como si fueran problemas a resolver, no cosas a sentir.
Y no es que entender esté mal, claro —entender ayuda, da perspectiva, permite poner en palabras—, pero si lo hacemos demasiado pronto, si lo hacemos antes de dejarnos atravesar por eso que sentimos, lo que conseguimos no es claridad: es distancia.
Parece que ya no nos damos permiso para sentir sin tener todo claro. Nos preguntamos si es amor, si es sano, si tiene futuro, si estamos proyectando, si es un patrón, si es viable, si nos conviene. Y para cuando terminamos de analizarlo todo sentimos todo tan enredado que ya ni sabemos.
Creo que mientras la cabeza se ocupa en clasificar todo eso, el cuerpo se queda en pausa. El momento se enfría y la emoción se va desinflando.
Quizá por eso no puedo evitar cierta incomodidad —incluso irritación— ante esta obsesión contemporánea que pretende hacernos creer que, a fuerza de desmenuzar, todo puede ser domesticado.
Porque no es verdad.
Nadie aprende a amar calculando cada gesto de antemano. Nadie se entrega después de haber agotado todas las hipótesis. El amor ocurre —o no— en un margen de incertidumbre que no puede eliminarse sin anularlo.
Pensarlo demasiado pronto, protegerse demasiado bien, puede ser otra forma de no estar, o de no quedarse nunca.
Y todo esto me lleva a pensar que tal vez no sea curiosidad lo que nos empuja a explicarlo todo, sino miedo. Miedo a perder el control, a dejarnos atravesar por algo que no promete resultados ni garantías. Porque hoy hablamos de límites, de procesos, de gestión emocional, de señales de alarma. Un lenguaje preciso, sí, pero también defensivo. Hemos ido perdiendo palabras que sostenían el peso de lo que sentíamos: promesa, lealtad, fidelidad, espera. Y cuando empobrecemos el lenguaje, empobrecemos también lo que somos capaces de vivir.
Has mencionado la fragmentación de la familia, y ahí me has tocado una fibra. No sé si como sociedad entendemos del todo lo que estamos perdiendo al alejarnos de quienes ya vivieron y guardan los manuales, no escritos, de cómo se sostiene una vida.
De cómo se ama, incluso cuando no apetece amar.
De cómo se camina con alguien más allá del hambre química de las primeras semanas.
La sabiduría de los más mayores —esa que sería ridículo llamar obsoleta— es la que más necesitamos en este momento exacto. Pero la hemos sustituido por un algoritmo.
Con todo esto en la cabeza, yo también me pregunto, la verdad, en qué momento la palabra «renuncia» dejó de significar «priorizar lo valioso» para convertirse en sinónimo de pérdida. A veces creo que confundimos tanto la defensa del yo con la incapacidad de abrir la puerta para que el otro entre.
Es por eso que te considero valiente cuando defiendes el amor tradicional. Ese que funda algo: una casa, una familia, una costumbre. Hoy parece sospechoso de aburrido o directamente reaccionario, pero en realidad creo que es la última barricada entre el desarraigo y la intemperie.
No sé, no es el más brillante ni el más excitante, pero aguanta más inviernos.
Y creo que esto no importa solo en lo íntimo. Importa en lo social, en lo político. Porque ese amor no convierte al otro en un producto. Frena la lógica del consumo aplicada a los vínculos. Enseña algo que ninguna aplicación sabe vender: que hay cosas que no se reemplazan, se cuidan.
Quien cuida a alguien vive distinto. No solo nos satisface o nos consuela, sino que crea valor en el mundo que habitamos. Porque lo cierto es que sin amor que se quede no hay hijos, ni nietos, ni herencia simbólica. No hay cultura que pase de mano en mano.
Cuando los vínculos se rompen, lo que antes resolvían los afectos cercanos se delega al mercado o al Estado. Lo que hacía una abuela ahora es un servicio. Lo que curaba una conversación en la cocina se intenta compensar con un turno de terapia. Se rompe el tejido invisible que daba calor incluso cuando no había mucho más.
Aun con todo esto no creo que —como sociedad— hayamos dejado de creer en el amor, pero sí tengo la sensación de que desconfiamos cada vez más de nuestra capacidad para sostenerlo.
Enamorarse sigue pasando.
Sigue ocurriendo incluso cuando no lo buscamos.
Pero después viene lo difícil: quedarse. Cuidar sin poseer. Permanecer cuando ya no hay novedad ni adrenalina. Y supongo que lo fácil nos seduce tanto que parece que no terminamos de asimilar todo lo que el amor nos obliga a aprender a destiempo.
Porque sí, el amor es un don, pero es también un aprendizaje largo, torpe y lleno de errores que hoy toleramos cada vez menos.
Se necesita oficio para amar, igual que para escribir o para quedarse.
No se nace sabiendo atravesar el conflicto sin huir, ni cuidar sin invadir, ni permanecer cuando la grieta se abre.
Sabemos querer mucho, supongo, pero querer bien nos queda grande. Al final, amar a ciegas es fácil: proyectar, idealizar, no mirar. Querer bien, en cambio, exige mirar de frente. Aceptar. Recolocar algunas piezas. No salir corriendo cada vez que algo incomoda.
Así que creo que el amor sigue ahí, entero. Somos nosotros los que no siempre tenemos tiempo —ni pausa— para digerirlo.
Tal vez por eso han aparecido tantas nuevas formas de amar. Te sigo cuando dices que muchas funcionan como sustitutos sin raíz. Confundimos libertad con dispersión, y la dispersión no libera: deshilacha. Dudo, como tú, que resulten habitables en el tiempo. No porque falte deseo, sino porque falta suelo. No se puede construir una vida en un terreno que se mueve todo el tiempo. No hay intimidad que resista la ausencia de refugio, ni cuidado que prospere cuando todo queda siempre en suspenso. Y al final, incluso en esas comunidades ampliadas, el amor buscaba lo mismo de siempre: ser elegido, ser visto, ser hogar de alguien. Da igual cuántas personas formen el vínculo: el corazón humano no muta al ritmo de los discursos.
Quizá, entonces, el problema no sea solo la forma —cómo amamos—, sino el fondo: que ya no sabemos bien qué estamos buscando. Queremos intensidad y calma, raíces y puertas abiertas, compromiso y salida de emergencia, todo a la vez. Y el amor, por más flexible que sea, no puede sostener todas esas contradicciones a la vez.
¿Qué nos falta?
¿Nos falta orientación?
Cuando todo parece posible y nada se cierra del todo, el amor se dispersa. El amor no necesita infinitas opciones. Necesita una dirección.
Elegir a alguien, al final, no es encontrar la opción perfecta, sino decidir a quién sostener cuando deja de serlo.
Y tienes razón: la paradoja es cierta. Cuanto más amor das, más amor te queda. No porque no haya pérdida, sino porque el amor no se gasta con el uso.
Se gasta cuando se guarda.
Dar amor no empobrece: ensancha. Entrena. Deja poso.
Se puede ver, como mencionas, en los niños —tu sobrino, los hijos de tu pareja—: ellos no tienen dudas. No han leído a Bauman ni a Han ni a Weil, pero saben amar sin reservas. Aman en bruto, sin miedo ni cálculo. Y quizá la salida esté ahí: en recuperar esa seguridad inocente que no pide garantías para entregarse.
Pero ¿cómo se hace eso?
Porque uno se hace mayor y va recibiendo golpes. Las cosas se tuercen, duelen. Y el amor ya no es nunca puro impulso.
Tal vez en la próxima carta podamos pensar juntas en eso: qué significa entregarse cuando ya se sabe lo que cuesta.
Hasta dónde protegerse sin dejar de estar.
Y cómo se aprende a amar sin impulsividad, pero sin blindarse del todo, en un mundo que nos empuja constantemente a retirarnos antes de tiempo, a cortar antes de comprender, a elegir la salida más rápida en nombre del cuidado propio.
Me quedo pensando contigo.
Claudia.
Y hasta aquí por ahora…
Puedes leer toda nuestra correspondencia aquí.
Si te ha gustado háznoslo saber.
Deambula libremente, escucha cuidadosamente y consume omnívoramente.



