El amor no tiene cura con Claudia Cuevas - II
"Una carta no se ruboriza" — Ciceron.
La naturaleza perdurable de una carta se prestaba a un diálogo reflexivo y, de hecho, algunas de las conversaciones más valiosas de la historia fueron mediadas por el intercambio de cartas.
28 de octubre de 2024
Querida Cuca,
He estado pensando en lo que me escribiste. En ese amor epistolar que se hilvana en la distancia, que no se rinde a pesar del tiempo que transita entre un encuentro y otro. Chéjov y Knipper, te agradezco que me devuelvas su historia. Esa historia que nos recuerda que hubo un tiempo en el que ese tipo de relaciones todavía eran posibles, tiempos en los que el ser humano aún sabía esperar. Hoy sus cartas parecen un anacronismo, un acto de fe, pura literatura. Vestigios de una forma de amar que hemos ido olvidando. Algo tan distante como imposible. Y, sin embargo, fueron ciertas.
Comparto todas tus inquietudes, pues son también las mías: esa incapacidad que tenemos ahora para habitar el vacío sin llenarlo de ruido; la forma en que hemos convertido la experiencia amorosa en un escaparate de opciones infinitas, en el que siempre parece haber algo mejor, en el que constantemente se nos empuja a la multiplicación de experiencias, dificultándonos la posibilidad de quedarnos en una, de dejar que llegue a suponer algo significativo para nosotros. Se nos olvida que más es mejor solo a veces; estamos agotados de intentarlo todo a medias. ¿Cuándo fue que tener tanto a nuestro alcance nos hizo conformarnos con tan poco?
Me inquieta, como a ti, que hayamos perdido los rituales del cortejo, el misterio de lo erótico, reemplazándolo por una superficialidad que no deja espacio a la profundidad. Y, más aún, me preocupa que el amor se perciba hoy como una transacción eficiente, despojada de entrega y riesgo, que jamás podrá ser cierta.
Julián Marías ya advertía sobre este fenómeno hace algún tiempo cuando apuntaba: «Si se examina el estado de la educación sentimental de los pueblos occidentales al terminar el siglo xx, se llega a una conclusión sorprendente: nunca se han dado condiciones más favorables, nunca se han desperdiciado tanto». Y hoy en día, en la era de la hiperconectividad, parece evidente que esto se ha intensificado. Es curioso, casi irónico, que en un tiempo donde el amor se despliega en pantallas, donde la conexión es instantánea y la distancia, teóricamente, un obstáculo prácticamente superado, parezca haberse diluido también la esencia misma de lo que significa amar. Quizá será que en esa espera que se profesaban Chéjov y Knipper pasaban cosas que no estamos dejando que pasen.
Estamos tan infectados de presentismo que creo que a veces se nos olvida que esa espera no es siempre una pérdida de tiempo. Sin la paciencia que demanda esa pausa, aquello con potencial para crecer se asfixia prematuramente. Es en ese habitar el hueco entre el deseo y su cumplimiento lo que le permite a este madurar y ensancharse. Privado de esto, la satisfacción que nos producirá será siempre leve, instantánea, insustancial. Esperar no es una acción pasiva, requiere paciencia, fe, y una resistencia frente a la inmediatez ¿Realmente hemos elegido vivir así, o hay algo más grande, más estructural, que nos empuja a esta urgencia perpetua?
Son tiempos difíciles para el amor, tal y como señalas que sentencia Erich Fromm. De hecho, algunos psicólogos sostienen que estar enamorado se ha convertido en algo cada vez más extraordinario. Afirman que este sentimiento se produce cada vez con menos frecuencia o no se produce. Pero, ¿por qué?
Lo que mencionas sobre Han y el «enfriamiento de la pasión» me hace pensar en la teoría de la modernidad líquida de Bauman, quien veía ya su tiempo como un espacio en el que el amor se desintegraba porque en ella nada perduraba, todo era descartable. José Carlos Ruiz lleva este vértigo más allá cuando describe el estado de la sociedad actual como «gaseoso», en el que lo inmaterial y lo virtual dominan la escena, y los vínculos humanos apenas alcanzan a sostenerse antes de desvanecerse. Aún no han tomado forma siquiera, y ya estamos dando por hecho que van a terminarse, que son finitos.
Proust, en su ciclo novelístico En busca del tiempo perdido, afirma que en las relaciones que aspiran a perdurar y consolidarse, es el futuro lo que constituye la savia que las alimenta. Quien ama, fantasea con el «para siempre», debido a ese carácter futurizo que se entrelaza íntimamente con el amor. Ahora que comenzamos a extirparle al amor su sentido de irrevocabilidad, ¿podemos seguir llamándolo amor?
No sé qué pensarás tú, Cuca. Entiendo que como sociedad tratamos de evolucionar, y es cierto que no siempre cualquier tiempo pasado fue mejor. Considero que el cambio, en muchos sentidos, nos ha dado libertad y comodidad, pero no me convence esta demolición sistemática que parece que hemos emprendido contra todo lo que nos anclaba. ¿Cómo se orienta uno en un mundo en el que todo se disuelve?
Me da la sensación de que en esta ruptura hemos olvidado formas de hacer, herramientas, que nos posibilitaban alcanzar una profundidad de la que ahora no somos capaces. Estamos ganando en rapidez y eficiencia, pero estamos sacrificando el arraigo, el sentido de pertenencia y, en última instancia, el valor mismo de las relaciones y de la vida en común.
En este panorama, no tengo ninguna duda de que la hipersexualización que mencionas no ha hecho sino profundizar la grieta. Hubo un tiempo en el que lo más común era que el acto de amar estuviese ligado a la totalidad de la persona: cuerpo, mente, deseo y afecto se entrelazaban para construir algo que trascendiera el instante. La sexualidad, entonces, era concebida como la concreción del amor, su expresión más auténtica y profunda. Despojado el sexo de su trascendencia, terminamos siendo deportistas de élite de la sexualidad, obsesionados con el rendimiento, pero desconectados del vínculo entre cuerpo y emoción que solía nutrir el amor. Pienso que cuando todo se envuelve en esta atmósfera hipersexualizada, acabamos perdiendo de vista nuestros anhelos más íntimos. Y aquí el amor se debilita. Es natural que el Eros agonice, porque estas cuestiones sumadas a «la cultura del mírame» que señalas y a la lógica de consumo que hemos extrapolado a todas las zonas de nuestra vida han hecho que, enfocados infinitamente en la construcción de nuestro «Yo inquebrantable», hayamos perdido de vista la capacidad de reconocer al otro. Sin el reconocimiento de esa alteridad que nos confronta y nos saca de nosotros mismos el amor pierde trascendencia, porque no puede ser transformador.
Quizá nos protejamos del dolor. Acostumbrados a lo fácil y masticable, los sentimientos profundos nos resultan ajenos e indigestos. Sin embargo, Joan Margarit advierte: «El dolor pone orden, suena como un aviso. Se pagan caros los intentos de destruir el dolor, porque también el amor está ahí».
¿Será que nuestra fragilidad y nuestra aversión a la incomodidad nos ha llevado a aceptar esa demonización del amor de la que hablas, entregándonos a algo más fácil para evitar el riesgo que supone sentir de verdad? ¿Será que por ello infantilizamos el amor?
Me hablas de la importancia de recuperar el diálogo, de relacionarnos con lo distinto y de salvar lo bello, y no puedo evitar recordar aquello que dice Josep María Esquirol, a quien me invitaste tan acertadamente a leer hace ya algún tiempo, sobre la necesidad de recuperar una mirada atenta, esa que «guarda la distancia debida y acompaña a lo que emerge, sin coaccionarlo». Una mirada que atiende porque ve, que respeta la alteridad, viéndola sin asimilarla ni reducirla a un reflejo de uno mismo o a un medio para satisfacer las propias necesidades. Pienso que quizá este sea el acto de resistencia íntima por el que empezar para poder volver a descubrir la verdadera esencia del amor sin someterlo a la tiranía de la eficiencia, para encontrar refugio en el otro, pudiendo salir un poco así de nosotros mismos.
No sé Cuca, me da la sensación de que hoy el amor se ha convertido en un terreno lleno de terribles contradicciones. Hemos dado tan mal uso a la palabra que se ha vuelto equívoca. Las antiguas formas de amar parece que han empezado a perder su sentido. Hoy, el amor se vive y se cuenta de nuevas maneras.
¿Debemos tratar de recuperar las formas del pasado? ¿Vamos hacia algo mejor? ¿Debemos buscar formas nuevas que se adapten al cambio de paradigma que estamos viviendo?
Creo que es momento de preguntárselo. Aspiro a que, con esta correspondencia, podamos traer algo de luz sobre el significado verdadero del amor. No con otro propósito que el de mantenerlo, resignificarlo y comprenderl
Sigamos buscando respuestas juntas.
Con mucho cariño,
Claudia
Y hasta aquí por ahora…
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