El amor no tiene cura con Claudia Cuevas - VII
"Una carta no se ruboriza" — Ciceron.
La naturaleza perdurable de una carta se prestaba a un diálogo reflexivo y, de hecho, algunas de las conversaciones más valiosas de la historia fueron mediadas por el intercambio de cartas.
07 de abril de 2025
Estimada Claudia:
Hace unos días, en uno de mis paseos matutinos por la Casa de Campo, vi a un hombre muy mayor pelar una naranja para la mujer que tenía sentada a su lado. No había nada espectacular en la escena; al contrario, todo era modesto, casi torpe. A él le temblaban un poco las manos, ella miraba al frente con ese cansancio que tienen algunas personas cuando el cuerpo ya no colabora del todo, y, sin embargo, en la lentitud con que él le quitaba la cáscara —sin prisa, procurando no dejar hebra, separando después los gajos como quien prepara algo frágil para que otro pueda recibirlo sin esfuerzo— había una forma de verdad que me acompañó todo el día. Pensé en ti. Pensé en nosotras. Pensé que, quizá, eso que tanto rodeamos con palabras no se deja comprender del todo hasta que aparece encarnado en un gesto mínimo, doméstico, silencioso; un gesto que no impresiona a nadie, pero que sostiene el mundo un rato más.
Tal vez ahí haya una primera respuesta a la pregunta que dejas abierta: no sé si el amor está entero, como dices, aunque comprendo bien lo que quieres señalar; sí creo que siguen enteros sus restos fértiles, sus posibilidades, su gramática elemental. Lo que está dañado —y no poco— no es tanto la capacidad humana de amar como el aprendizaje necesario para sostener ese amor cuando deja de ser fulgor y empieza a pedir oficio, renuncia, paciencia, repetición, presencia. Seguimos deseando ser elegidos; seguimos necesitando arraigo; seguimos soñando, incluso quienes lo disimulan mejor, con una forma de permanencia. Lo que ocurre es que hemos perdido muchas de las mediaciones que volvían habitable ese anhelo. Hemos conservado el hambre; hemos debilitado la mesa.
Me ha hecho pensar mucho eso que escribes sobre nuestra manía contemporánea de analizar antes de sentir, de clasificar antes de atravesar, de diagnosticar antes de habitar. Creo que tienes razón; pero me parece importante hacer una distinción, porque importa, y mucho, nombrar bien. No todo análisis enfría; no toda comprensión distancia. Hay palabras que salvan. Hay lenguajes que permiten reconocer humillaciones, dependencias destructivas, manipulaciones reales, violencias verdaderas que durante demasiado tiempo quedaron escondidas bajo el prestigio de la costumbre, del deber o de la apariencia. Importa no olvidar eso. Importa no embellecer lo que degrada. Importa no llamar amor a aquello que aplasta, somete o borra. Ahora bien; una cosa es disponer de un lenguaje más fino para proteger la dignidad, y otra muy distinta convertir toda incomodidad en daño, todo conflicto en violencia, toda frustración en señal de retirada, toda renuncia en traición a uno mismo. Cuando eso ocurre, no nos volvemos más libres; nos volvemos más frágiles, más suspicaces, menos capaces de durar.
Hay vínculos que deben romperse, sin culpa y sin retórica; no porque hayan dejado de “hacer sentir”, sino porque lesionan seriamente la integridad moral o física de una persona. Pero también hay vínculos que no se rompen por maldad, sino por impaciencia; no por opresión, sino por analfabetismo afectivo; no porque sean imposibles, sino porque ya no sabemos atravesar el desacuerdo, el desgaste, el desencanto, el tiempo. Ésa es, me parece, una de las tragedias discretas de nuestra época: hemos refinado mucho el lenguaje de la autoprotección y hemos empobrecido el de la reparación. Sabemos detectar; sabemos menos reconstruir. Sabemos irnos; sabemos menos quedarnos bien. Y quedarse bien no significa aguantarlo todo. Significa discernir; significa sostener lo que merece ser sostenido y retirarse de lo que destruye. Significa no idolatrar ni la permanencia ni la huida.
Tú hablas de palabras que hemos ido perdiendo: promesa, lealtad, fidelidad, espera. Yo añadiría otras que hoy provocan casi sarpullido y, sin embargo, me parecen decisivas: deber, responsabilidad, servicio. No dichas como yugo, no dichas como obediencia ciega, sino como recordatorio de que amar no es solo experimentar algo, sino responder a alguien. Responder de alguien, a veces. Estar a la altura de una presencia concreta. El amor no consiste únicamente en encontrar a quien encienda; consiste también en convertirse, poco a poco, en alguien capaz de cuidar el fuego cuando ya no hay espectáculo de llamas. Y eso requiere una formación del carácter que ninguna aplicación promete y que ningún algoritmo puede suplir.
¿Qué estamos dejando fuera cuando hablamos del amor? Yo diría que, con demasiada frecuencia, dejamos fuera el cuerpo, el límite y la cotidianeidad. Hablamos del deseo, del proyecto, de la identidad, de la comunicación; hablamos menos de la fiebre, del cansancio, del mal humor, de la repetición, del dinero escaso, del padre que enferma, del hijo que no duerme, de la madre que envejece, del duelo que llega cuando no tocaba. Hablamos menos de lo que le pasa al amor cuando entra en contacto con la vulnerabilidad concreta. Y, sin embargo, es ahí donde se prueba casi todo. No en el verano, sino en el invierno; no en la exaltación, sino en la administración paciente de los días grises.
Por eso sigo pensando —quizá más que al inicio de nuestro intercambio— que el amor entre dos no puede comprenderse al margen del resto de formas de vínculo en las que una persona aprende a salir de sí. Nadie aprende a amar solo en la pareja; se aprende también en la mesa compartida, en el cuidado de los mayores, en la amistad que permanece, en el vecino al que uno termina sabiendo leerle la cara, en el niño que obliga a bajar al suelo, en la familia —cuando no es un infierno, claro, y a veces lo es— que enseña a convivir con lo no elegido. Se aprende en esa pedagogía de la proximidad que hoy tanto incomoda porque no se puede editar ni silenciar con un clic. Lo cercano desgasta, sí; pero también humaniza. Lo lejano fascina; lo próximo educa.
Creo, además, que hay un error particularmente dañino en nuestro tiempo: haber confundido libertad con ausencia de ataduras. Como si vincularse fuera perder y no también ganar forma. Como si comprometerse fuera empequeñecerse y no también crecer hacia una versión más responsable de uno mismo. Como si toda renuncia fuera mutilación y no, a veces, el modo de priorizar lo valioso frente a lo meramente disponible. No niego que existan formas asfixiantes de compromiso; claro que existen. Lo que digo es otra cosa: que sin alguna forma de límite elegido, sin algún “hasta aquí conmigo y desde aquí contigo”, la vida afectiva se vuelve gaseosa, reversible, incapaz de hacer hogar. No se puede fundar una casa —ni material ni simbólica— con puertas giratorias en todas las habitaciones.
Esto no me lleva, sin embargo, a idealizar sin más las formas heredadas. Ya sabes que no creo en ese reflejo perezoso que llama decadencia a todo cambio. No toda tradición fue justa; no toda novedad es trivial. Lo decisivo no es si algo es antiguo o reciente, sino si sirve para alojar la vulnerabilidad humana sin envilecerla. Ésa es, para mí, la prueba. ¿Hace sitio al otro real, con su cuerpo, su tiempo, sus cargas, su irreductibilidad? ¿Permite continuidad, cuidado, reconocimiento, crecimiento compartido? ¿Genera suelo o solo administra intensidades? Éstas son las preguntas. No si algo resulta transgresor, moderno o emocionante; no si se ajusta a la moda sentimental del momento; no si nos exime del esfuerzo de madurar.
Me parece, Claudia, que una parte del problema es que queremos recibir del amor bienes incompatibles si no se ordenan: queremos intimidad sin exposición, permanencia sin renuncia, libertad sin deber, consuelo sin dependencia, intensidad sin espera, raíces con salida de emergencia. Lo queremos casi todo, al mismo tiempo, y con el menor coste posible. Pero el amor, precisamente porque no es una tecnología de satisfacción, se resiste a esa lógica. No comparece para darnos control; comparece para pedirnos forma. Nos vuelve más vulnerables, sí, pero también más verdaderos. Nos limita, sí, pero también nos orienta. Nos hiere, a veces, pero no del mismo modo en que nos hiere el narcisismo, la dispersión o el miedo.
No sé si el mundo va hacia algo mejor en esto. Sería deshonesto afirmarlo. Tampoco sé si bastará con defender una idea más exigente del amor para que cambien las costumbres. Probablemente no. Pero sí sé que ninguna reconstrucción seria empezará por un gran manifiesto; empezará por pequeños gestos obstinados. Por volver a llamar a quien ya no produce nada, pero sigue importando. Por dejar el teléfono boca abajo cuando alguien nos cuenta algo difícil. Por no huir del conflicto a la primera incomodidad. Por aprender a pedir perdón sin teatralidad. Por preguntar “¿qué necesitas?” y quedarse a escuchar la respuesta. Por sentarse a la mesa incluso cuando no apetece mucho. Por acompañar un cansancio. Por pelar una naranja.
Importa el pensamiento, claro. Importa mucho. Pero importa, también, no convertirlo en coartada para demorarlo todo; para posponer indefinidamente la entrega en nombre de la lucidez. Hay momentos para comprender y momentos para estar. Hay preguntas que afinan y preguntas que paralizan. Tal vez la tarea adulta consista en aprender a distinguir unas de otras.
Sigamos, entonces, haciendo este trabajo raro y necesario: cuidar el lenguaje para no mentir sobre el amor; cuidar los gestos para que el amor no se quede en lenguaje. Quizá no podamos resolver su misterio, ni falta que hace. Quizá baste con no traicionarlo del todo cuando pasa por nuestra vida y nos pide sitio.
Te abrazo.
Cuca
Y hasta aquí por ahora…
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