El amor no tiene cura con Claudia Cuevas - V
"Una carta no se ruboriza" — Ciceron.
La naturaleza perdurable de una carta se prestaba a un diálogo reflexivo y, de hecho, algunas de las conversaciones más valiosas de la historia fueron mediadas por el intercambio de cartas.
18 de marzo de 2025
Estimada Claudia,
Quizá somos románticas y que, además, a nuestro alrededor se ha dado el amor en los términos que queremos que siga o florezca, de ahí que nos quite el sueño por momentos el pensar que está muerto. Es más, si hay algo que al ser humano quita el sueño desde que el tiempo es tiempo es el amor y su intento de concreción. Muchos antes de nosotras, algunos grandes referentes, han dedicado sus pensamientos y sus vidas a entender qué es el amor y qué entraña. También muchos vendrán tras nosotras con esta inquietud (eso espero). Sin ir muy lejos, hasta la ciencia —con su moda de la neurociencia— intenta delimitar qué es y qué tiene el amor; o el marketing y la publicidad. Es evidente que es un motor y que depende de cómo se use es fructífero y salubre o, tristemente, pernicioso. Aunque si es pernicioso, entonces, creo que no deberíamos llamarlo amor.
Hoy en día, la búsqueda de experiencias y distracciones, la ausencia de conexión con la muerte y la banalidad en las elecciones (como apuntas) son la prueba de que sin duda hoy es más que necesario y tiene sentido el amor en su forma tradicional. La presencia de la ausencia atestigua el valor de ello. Cuando muere el amor, deja recuerdos que llenan el vacío que supone su muerte. Pensemos en un ser querido cuando fallece, claro que deja un vacío imposible de llenar por otras personas, pero su recuerdo es la presencia de la ausencia. Un modo de amar, no me cabe duda. Volviendo al sentido del amor hoy en día, la pérdida de valores y costumbres, como el matrimonio y el compromiso de vida, sin un sustituto que colme esas necesidades atávicas nos despoja de confort, seguridad y pertenencia. Han prosperado, en cierto modo, nuevas formas de “vincularse” y de relacionarse que, salvo contadas ocasiones, realmente no prosperan; temporalmente funcionan como un sustituto, pero con poco recorrido y nulo fruto. Y considero que es porque han visto en el compromiso y en el acto de cuidar una piedra molesta cuando es la piedra en la que se fundamenta la vida, la libertad. Voy a intentar explicarme: las relaciones no monógamas con sus variantes han querido derribar los pilares esenciales de la vida (cuidado, intimidad y compromiso) al considerarlos modos de opresión y de coartar la libertad. Nada más lejos de la realidad. Han hecho creer que se puede establecer vínculos con tantas personas como se quiera, sin necesidad de comprometerse más allá de lo meramente necesario para sentirse colmado a un nivel superficial y egoísta. Cuando la realidad es que esos pilares nos han traído hasta 2025: el reconocimiento del otro, el acto de cuidar, comprometerse con la familia, la tribu y traer nueva vida en la intimidad. Algo tendrá de fundamento cuando de un modo casi universal el amor monógamo es la base de cualquier sociedad, cultura. Sí, claro que hay alguna que otra cultura en la que la no monogamia es el modo, pero ¿conocemos bien los pormenores de ese modo de vincularse? ¿Cuánto hay realmente de libertad y de compromiso en esas no monogamias? En su momento leí a Tristan Taormino (escritora) en su libro Opening Up. Una guía para mantener y crear relaciones abiertas, en la que refleja las entrevistas que llevó a cabo previamente con un centenar de personas en relaciones abiertas. Y donde muchos veían la constatación de que es posible la no monogamia, si te leías esas entrevistas con detenimiento lo que veías es que eran pequeñas “comunidades” (3 o 4 personas) entre las que se establecían compromisos de monogamia, se daba el cuidado y la intimidad. No eran historias de todos con todos, ni mucho menos de un “todo vale”. Sí, eran más que 2 quienes conformaban el vínculo, pero se daba la monogamia dentro del grupo y todo lo que entendemos y buscamos en el amor. Me pregunto en qué momento el compromiso de estar en la salud y en la enfermedad se empezó a entender como un menoscabo de la libertad, cuando el amor es un ejercicio de voluntad en el cual uno obra desinteresadamente en beneficio de un tercero. ¿Acaso hay mayor muestra de libertad? Como leía en una red social, “amar es la decisión más libre que una persona puede tomar. Es el compromiso de amar sin depender de otros. Sin depender de maldad, enfermedad, pobreza… ni depender del tiempo”.
Una gran amiga, de esas que te acompañan desde la tierna infancia, ha perdido en estos meses a sus abuelos. Dos personas magníficas que superaron la barrera de los 100 años. Eran un ejemplo de amor, compromiso y dedicación. Y miro a mi amiga y veo en ella ese tipo de amor. Es mi forma de decirte que creo que esa especie de amor reside en los hijos, nietos y bisnietos de esos ejemplos. Reside en nosotras, también. Necesitamos dar ejemplo y, nosotras con esta carta, en cierto modo ya lo damos. ¿No crees? Nuestros mayores son un pozo de sabiduría acumulada, darles espacio en nuestras vidas es dar espacio al amor. Puede que mucha de la desconexión que vemos en el día a día viene dado por la fragmentación de la familia. Cada vez menos niños y los pocos que vienen al mundo no suelen conocer a sus abuelos. Nos perdemos un tesoro al no rodearnos de los más longevos de la sociedad. Se olvida que ellos nos llevan ventaja en eso de vivir. Tienen mucho que ofrecer, aunque hoy parezca que no son útiles en términos de producción como suele entenderse.
Tienes razón, decrecen los nacimientos y los matrimonios y crecen los divorcios. El panorama desolador se usa como excusa para no amar ni gestar vínculos. Escribía en un medio que hoy la persona no genera una red de afecto personal, ni una continuidad familiar y personal. Son décadas dándose un pesimismo generalizado debido a un cambio en los valores ligados a la familia y a la estabilidad familiar. El matrimonio y tener hijos prontamente han perdido valor: se ha vaciado de estatus el matrimonio y se ha fomentado la monoparentalidad. Ello ha dado lugar a un desierto afectivo en la sociedad. Viene una generación de hijos únicos y padres viejos. No obstante, aunque los datos y la realidad se presentan negros, no pierdo la esperanza. Somos una especie reaccionaria, revolucionaria y tengo fe que se va a revertir este desierto afectivo. Somos muchos los insurgentes, tan solo necesitamos dar ejemplo, no temer por opinar diferente, confiar en lo que hacemos a diario, pues dará frutos. A mí con mirar a mi sobrino me basta para volver a tener fuerzas y esperanza; con sus 7 años es prueba viva del amor desinteresado y comprometido. Como también lo son los hijos de mi pareja, que buscan amar y ser amados más allá de lo negro que se ve el panorama. Confiemos en los más pequeños de la sociedad, son poderosos desde su inexperiencia e ilusión. Un niño abraza y sonríe dándolo todo, sin titubeos, sin pararse a pensar en lo efímero de la vida. Abracemos y sonriamos de ese modo.
Hay una parte del amor que es química, como señalas, que biológicamente tiene su expresión y caducidad —el enamoramiento y sus mariposas—, que constituye una serie de reacciones fisicoquímicas en nuestro cuerpo que se han desarrollado evolutivamente con el fin de aumentar las probabilidades de supervivencia de la especie. Pero lo que viene junto y después a eso es la constatación de que el amor es un motor vital, incluso en los momentos de hostilidad. Como la relación de una madre y su hijo adolescente, o de una pareja que pasa por un mal momento emocional pero se mantiene unida. Honrar al otro aun cuando los días son grises o parece no tener sentido. Como dices, el amor duele exactamente por eso: cuando se rompe, se consume, se destruye o se violenta, no porque se apaguen las mariposas del estómago y si no que se lo pregunten a esos ancianos que viste que caminaban de la mano, nos dirán que lo biológico ha dejado paso a un eros elevado que se encarna en ese paseo de la mano. Nos atraviesa más allá de lo biológico y atraviesa de lleno nuestra vulnerabilidad porque ésta es un recordatorio de que encarnamos la predisposición de que nos sucedan cosas, como afirma Miquel Seguró en su libro Vulnerabilidad.
¿Sabes? Lo concreto es más difícil de amar que lo universal porque viene con imperfecciones y defectos, pero es el verdadero objeto del amor, pues es hacia lo que podemos actuar. Dostoyevski señaló ingeniosamente las peligrosas e inadvertidas consecuencias de ese desordenado amor hacia los universales frente al amor a lo concreto. Escribía, en Los hermanos Karamazov, “Amo a la humanidad, pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad en general, menos cariño me inspiran las personas en particular, individualmente”.
Pareciera que el amor, por ser un fenómeno humano, es un bien escaso. Pero no sería correcto dejarse engañar. La maravillosa paradoja del amor —motor del mundo— es que cuanto más amor das más amor te queda.
Te abrazo y te sonrío.
Y hasta aquí por ahora…
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